Por Nuria López Priego
Hay hombres, mujeres, colectivos o marcas que son sinónimo de calidad, de trabajo bien hecho. Michael Haneke es un ejemplo. Uno se acerca a sus películas con la certeza de que planteará algo no ya importante, sino existencialmente inquietante, porque Michael Haneke siempre apunta a las entrañas.
Su cine —de estética estudiada y sofisticada y argumentalmente visceral y perfecto— tiene la cualidad de remover conciencias y a los fantasmas que las pueblan. Y, todo ello, desde el drama. Sin efectos especiales. Solamente con una película pesadillesca rodada en blanco y negro: La cinta blanca. Un thriller que le valió la Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes y el premio Fripesci de la crítica internacional y que a punto estuvo de arrebatarle el Oscar a Mejor película extranjera a la argentina El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella.
La trama transcurre en una pequeña comunidad alemana meses antes del atentado que acabó con la vida del heredero a la corona austro-húngara, el archiduque Francisco Fernando, y que se convirtió en el detonante de la primera Guerra Mundial. Un estallido de violencia que el director de películas como La pianista, Caché o El tiempo del lobo explica a partir de la disección de una sociedad cerrada y hostil, asfixiada por la severidad de una educación castrense en la que ni siquiera hay cabida para la naturalidad que caracteriza a los niños y que, en la película de Haneke, se convierten en personajes aún más terroríficos y siniestros que los famosos chicos del maíz, del escritor Stephen King. Con La cinta blanca, Haneke alerta de la naturaleza del hombre y demuestra, una vez más, la desconcertante y lamentable teoría hobbiana de que “el hombre es un lobo para el hombre”.
La cinta blanca
Director: Michael Haneke
Protagonistas: Susanne Lothar, Ulrich Tukur, Burghart Klaussne
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