Cuando Pilar Godoy acudió a su primer día de clase en la escuela de adultos de Canena se encontró con sólo un alumno. Quizá, en aquel 1984, cuando todavía no era nada raro en los municipios rurales de la Andalucía profunda que el vecino de al lado fuera analfabeto, hubiera gente que no se diera cuenta de las dimensiones del “engaño” al que había sido sometido el pueblo durante años y no encontrara, ni la necesidad, ni el tiempo, ni el ánimo de empezar a repasar el abecedario.























































