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Viernes, 30 de Julio de 2010
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Inicio "El tranvía" por Manuela Rosa Jaenes Tren Jaén-Madrid: 13 horas

Tren Jaén-Madrid: 13 horas

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Lo advirtió el maquinista antes de comenzar el trayecto Jaén-Madrid: “Milagro es que lleguemos a Vilches”. Sabía lo que decía, a tenor del cúmulo de circunstancias y despropósitos que doscientos cincuenta viajeros vivimos aquel domingo 10 de enero. Cierto es que la tarde no era la mejor para emprender un viaje, pero cuando uno deja el coche aparcado y sube al tren lo hace con la garantía de que no habrá problemas para llegar al destino deseado. Y eso fue lo que hicimos el director de este periódico, Juan Espejo, el jefe de fotografía, Rafael Casas, y yo, que acudíamos a Madrid a la presentación a los medios de comunicación de la Presidencia Española de la Unión Europea.

Se supone que la empresa a la que pagamos el billete era lo suficientemente responsable como para ni siquiera arrancar a la mínima de cambio. Pero Renfe y Adif, las dos compañías que cobran por hacer un servicio en condiciones, no pensaron en las consecuencias de poner en marcha un tren que no está preparado para afrontar un viaje con un palmo de nieve sobre los raíles. Es lo que tenemos en Jaén.
Los viajeros que entramos en el Media Distancia a las 17:18 horas lo hicimos con la firme convicción de que era la mejor opción para llegar seguros y a tiempo a nuestro destino. Cada persona subió a ese tren con un motivo más que justificado y con una historia detrás que, después de trece horas, no tuvo más remedio que salir a relucir. Había jóvenes estudiantes que retomaban sus clases después de las vacaciones navideñas, jiennenses que se incorporaban a sus puestos de trabajo, otros que debían coger el avión, gente que viajaba por causas de fuerza mayor y niños, unos cuantos niños, a los que tampoco se les dio un merecido trato.

Primera parada. Los pronósticos del maquinista se cumplieron tan sólo una hora después de emprender la marcha. No habíamos llegado a Vilches cuando el tren se detuvo por sorpresa. Estábamos a la altura de Vadollano y la megafonía empezó a sonar. La gente pidió silencio con la esperanza de recibir buenas noticias. “Una avería impide al tren continuar”. Los nervios comenzaron a aflorar. “Vámonos para Jaén y que nos devuelvan el billete”, decía, insistentemente, una joven que no dejó de repetir la misma frase durante el interminable trayecto que nos quedaba por delante. “Menos tranvía y más AVE”, se escuchaba a lo lejos. Después de una hora detenidos nos avisaron de que ya no era la avería la causante de aquella inesperada y larga parada, sino las inclemencias meteorológicas, lo que exacerbó los ánimos de los viajeros, que vieron cómo la empresa reculaba para eximir cualquier responsabilidad.

Retroceso. Con noventa minutos de retraso, la decisión de la compañía fue retroceder hasta Linares-Baeza. La verdad es que nosotros pensamos en abandonar y pedir ayuda para regresar a Jaén. Sin embargo, con la confianza que da una empresa acostumbrada a transportar personas, decidimos continuar la marcha. Además, el talgo hacia Almería circulaba delante de nuestros ojos a una velocidad de vértigo, lo que nos convenció de que no habría problemas para cruzar Despeñaperros, nuestro mayor temor hasta aquel momento. Cierto es que los teléfonos móviles ayudaron a apaciguar los nervios y evitaron algo así como un motín en el interior de los vagones. Los familiares, preocupados, sabían que algo pasaba y para ellos también fue una larga noche.

Segunda parada. Lo único que inquietaba a las diez y media de la noche era, primero, la velocidad de tortuga a la que circulaba un tren preparado para alcanzar los 160 kilómetros por hora y, segundo, las palabras del pesado de turno que iba y venía de un vagón a otro diciendo auténticas barbaridades sobre lo que podía ocurrir. Hasta que ocurrió. Con la segunda parada ya nos entró verdadera preocupación. Era tarde, no paraba de nevar y estábamos en medio de la nada, sin comida y sin un sorbo de agua. Se había acabado hasta la calderilla para sacar un refresco de la máquina instalada en último vagón. Un paquete de galletas de Juan Espejo apaciguó los estómagos de muchos de los que estábamos en el coche 10. Y, mientras tanto, eran varios los trenes que, en sentido contrario, circulaban con normalidad. ¿Por qué ellos sí y nosotros no? Las noticias sobre lo que padecían otros viajeros, con idéntico trayecto, empezaron a correr como la pólvora. Al parecer, el que salió a las cuatro menos veinte de Jaén estaba parado unos metros hacia delante y el que venía de Madrid había tenido que evacuar a los viajeros y alojarlos en un hotel cercano a Manzanares. Eran las únicas informaciones que nos llegaban del exterior, porque dentro del Media Distancia la megafonía sólo se activaba para decir que estábamos parados. ¡Qué novedad!

Tercera parada. Dos horas parados apenas cien metros antes de llegar a Alcázar de San Juan dieron para mucho, incluso, para hacer amistades. Ahí conocimos las variopintas historias de las personas que viajaban en el coche 10 y aquellas que deambulaban de un sitio para otro en busca de una noticia acertada. Gracias a eso, a que nos hicimos una piña y tratamos de matar el tiempo de la mejor forma posible, lo que podía haber sido la pesadilla de nuestra vida se convirtió en una aventura para contar a la vuelta a nuestras casas. Incluso, dio para un reportaje de denuncia en este periódico sobre las infraestructuras que tenemos en Jaén. En Alcázar de San Juan tuvimos la oportunidad de salir a la calle y, a cinco grados bajo cero, estirar las piernas y fumar a quienes lo habían hecho a escondidas, hasta entonces, en la cola del tren. El nombre de “Jaén” quedó inmortalizado con un surco sobre la nieve que cubría las tierras manchegas. No dio tiempo a hacer un muñeco, porque el revisor, cuya cara nunca olvidaremos, nos avisó de que nos poníamos en marcha.

Cuarta parada. El Media Distancia 18037, como se llamaba nuestro tren, consiguió llegar a remolque a Tembleque a las dos menos cuarto de la madrugada, aunque después de múltiples, intermitentes e inexplicables paradas. Jugábamos al “tetris” en el ordenador de José Luis (un estudiante Erasmus que tenía reservado un billete de avión para Polonia a las seis de la mañana), cuando llegó la cuarta parada. Fueron sólo veinte minutos que ya, incluso, dejaron de sorprendernos. El mismo de siempre fue el que llegó al coche 10 con la noticia de que el maquinista había gritado “fuego”. Por las ventanillas vimos tres vehículos de la Guardia Civil y un camión de bomberos. Era increíble que se hubiera producido un incendio en medio de un manto blanco de nieve, pero a veces la realidad supera la ficción.

Retroceso y quinta parada. El fogonazo que el precavido conductor advirtió en una catenaria fue el causante del segundo retroceso de la noche. A esas alturas, los viajeros dejaron de poner el oído en la megafonía, de la que de vez en cuando emanaban nimias e inútiles palabras. El tren retrocedió hasta El Romeral, donde se detuvo, por quinta vez, durante media hora. Un grupo de agentes de la Guardia Civil salió a nuestro encuentro. Parecían nuestros salvadores. El revisor les pidió algo para comer o, en última instancia, agua. Sin embargo, no nos prometieron nada. Incluso, nos pidieron que nos tranquilizáramos: “Hay mucha gente que lo está pasando peor que vosotros, al menos tenéis calefacción”. La indignación ante semejante mensaje de tranquilidad fue absoluta. Los dos jóvenes Erasmus que estaban a punto de perder el vuelo consiguieron un taxi para llegar a tiempo al aeropuerto, taxi que compartieron con un matrimonio que también tenía prisa por llegar a Madrid.

Retroceso. Eran las dos y media de la mañana y hacía cinco horas que teníamos que haber llegado a nuestro destino. El tren caminaba de nuevo hacia atrás en busca de un cambio de vía que nos permitiera continuar el trayecto. Porque si hay algo que sacamos en claro de esta situación es que el personal de Renfe estaba empeñado en llegar a Madrid a toda costa, sin importar el tiempo ni las circunstancias personales de cada viajero. A las cuatro menos cuarto de la madrugada, empezamos a circular de nuevo, esta vez con una velocidad algo más normalizada. Los teléfonos móviles ya habían dejado de sonar. Todos intentaban dormir, con pañuelos en la cara para esquivar esas resplandecientes luces que fueron las únicas que funcionaron a la perfección durante el largo e intenso trayecto.

Final del trayecto. Exhaustos, cansados, hambrientos e impotentes llegamos a Chamartín cinco minutos antes de las seis de la madrugada. Ya no nos importó esperar en una larga cola para coger un taxi a temperaturas bajo cero y con Madrid cubierto por la nieve. Después de trece horas subidos en un tren la vida nos sonreía…                          

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