Hay que ser cobarde para preferir ganar votos a costa de perder vidas. Un informe de 2004 de la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir coloca en el mapa de los Puentes alrededor de 150 viviendas a menos de cincuenta metros del río y unas treinta en pleno cauce, que se dice pronto.
El estudio está ahí, pero ningún responsable ha sido capaz de ordenar que entre el pico y la pala en la zona para echar abajo las construcciones ilegales. La eterna historia de ponerle el cascabel al gato. El nuevo PGOU de la capital dará carta de legalidad a lo que se construyó en un paraje que hoy debería ser un vergel de huertas, en lugar de una zona residencial, solo porque cualquier político, sean del signo que sean, tiene allí un amigo, un primo o demás familia con una casita levantada con el sudor de su frente y la de sus antepasados. Historias humanas, vale, pero que nublan el sentido común y acaban en una completa dejadez de funciones de las administraciones (in)competentes. Lo que se hizo mal hace años, sigue estando mal hoy y no es más legal porque haya tres mil familias por medio. Capítulo aparte merece la polémica y retrasada en el tiempo presa sobre el río Eliche, que se quiere vender como solución mágica y que, de momento, lo único demostrado es que destruirá el idílico enclave de Los Cañones. Resulta sospechoso ya que se demore tanto en el tiempo. ¿Es buena o mala señal? Sólo sé que el agua tiene memoria y recupera su territorio. Pueden pasar cien años sin que pase nada, pero tarde o temprano sucede. Y entonces ya no hay marcha atrás.
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