En medio de esta absoluta confusión de identidades, en la que nadie es lo que parece sino todo lo contrario, políticos, curas, gente corriente, a los que por su propia ocupación se les presupone unas maneras concretas de actuar, les basta con que la Guardia Civil les haga soplar o que el meapilas de turno se vaya de la lengua, para recuperar de improviso su verdadera identidad.




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